Silencio
Hay algo mágico en el silencio que precede a una primera nota,
ese momento suspendido
donde todo parece estar quieto,
pero en realidad está cargado de posibilidades.
El músico ajusta su instrumento,
la última respiración antes de comenzar,
la tensión y la emoción contenida empieza a desvanecerse
y la música comienza a sonar.
Ese instante previo es un universo.
El silencio es parte de la melodía.
Lo sabía Casals cuando decía que
si la emoción no se corta, el silencio también habla.
Como en 4′33″ de John Cage,
donde no se toca ni una nota,
pero paradójicamente todo suena,
porque a veces el arte no es lo que suena
sino lo que pasa en el silencio.
Dicen que el silencio incomoda.
Y sí.
A veces parece un cuarto oscuro
donde la cabeza
empieza a mezclar sus propias pistas
y se pone en modo DJ del ruido interno.
Porque muchas veces
el silencio perturba más que el sonido.
No porque sea peligroso, sino porque lo disfrazamos de amenaza.
Pero, en realidad, si te quedas un poco más y no huyes,
quizá descubras que eso que parecía un monstruo
es solo una nota que está esperando resolver.
Pero claro, nos da ansiedad no rellenarlo.
Si no hablamos, miramos el móvil.
Si no hay ruido, nos lo inventamos.
Nos cuesta parar.
Nos cuesta escucharnos.
El silencio nos parece un fallo del sistema
y reflexionar casi una actividad de riesgo.
Por eso vamos agotados, hiperestimulados,
con la mente como una radio mal sintonizada.
Por eso cuesta tanto recargar pilas,
soltar tensiones,
dormir.
Pero el silencio no viene a cortar la melodía:
viene a darle sentido.
Si no, mira Beethoven: aunque su silencio avanzaba,
él siguió construyendo un universo lleno de música.
En realidad, el silencio es un temazo.
En una conversación puede ser incómodo
o puede transmitir confianza.
Al caminar puede ser soledad o puede ser calma.
El silencio interno puede asustar
o puede darnos la oportunidad de escucharnos de verdad.
A mí me gusta.
Me deja pensar.
Respirar.
Bajar el volumen del mundo.
Sentir que estoy con quien soy,
con quien quiero seguir siendo.
En música, el silencio no es una pausa.
Es una parte más de la obra:
aunque no suene, sigue componiendo.
Sostiene lo que viene,
como un hilo invisible.
No, el silencio no está vacío.
Está lleno de posibilidad.
Quizá ahí, en ese espacio sin notas,
es donde nos encontramos de verdad.
En música y en la vida,
el silencio nos recuerda que la pausa también importa.
Quizás el truco no sea llenarlo,
sino aprender a escucharlo.
No es elegir entre silencio o sonido.
Es saber cuándo va cada uno.
Como en la música: si todo suena, se vuelve caos;
si nada suena, se apaga la historia.

Precioso texto, en el que me transmite, que hay que disfrutar del silencio, respirar, y aunque no se oiga nada, es necesario que no lo olvidemos, y forme parte de nosotros, como refugio.
Muy bonita la comparación simulando los silencios que se encuentran en una partitura, con los que vivimos a diario.