Semicorchea
En la Obertura de Guillermo Tell,
Rossini pinta una tormenta con semicorcheas.
Ráfagas veloces que se persiguen, caen en cascada, se levantan de golpe.
La música apenas respira.
El caos es puro ritmo.
Así son las semicorcheas:
breves, rápidas, impacientes.
Muchos días,
la semicorchea lleva la batuta
marcando un pulso tan rápido
que ya no sabemos si avanzamos
o solo aguantamos.
Últimamente parece que si tienes tiempo,
eres invisible.
Parece que o corres,
o tienes que dar una explicación.
Queremos aplausos por no parar.
El exceso se confunde con una buena interpretación.
Llamamos fracaso al descanso
aunque no es el trabajo lo que cansa,
sino no darnos tregua,
no dejar espacio al silencio, a los compases de espera,
exigirnos siempre un poco más.
Nos irritamos, preocupamos, agobiamos
y casi ni nos damos cuenta de en qué compás estamos.
Y decimos que estamos estresados, que ya es casi una palabra comodín
para cuando el “sí” sale antes que el pensamiento,
para los días en los que los latidos se aceleran sin motivo.
En ese punto, la semicorchea deja de ser música
y se vuelve ruido.
Inflama, irrita, desgasta.
Dicen que Schumann encontraba paz al escuchar a Bach,
como si alguien afinara su mente por dentro.
(Cómo le entiendo; a mí me pasa algo parecido)
Aun así, la semicorchea también puede ser virtuosismo
cuando deja de ser persecución y se vuelve destreza,
acrobacia pura, dedos que vuelan,
cuerpo y mente en modo alta definición.
El ritmo ya no persigue: propulsa.
No es ruido: es mensaje.
Puro impulso convertido en arte.
Pero vamos más allá: semicorchea no es solo torbellino, ni es agotadora.
Strauss, en su Sinfonía alpina
hace que las cuerdas y los vientos
deslicen escalas que parecen lluvia fina, no tormenta.
Y acarician.
Y si escuchas The Arrival of the Queen of Sheba, de Haendel,
las semicorcheas no aceleran: celebran.
Movimiento que te levanta
como si el tiempo se pusiera de puntillas.
Porque moverse rápido también puede tener sentido
si eliges tus carreras con cabeza,
si no atropellas lo importante por seguir la fila,
si cada sprint te acerca a lo que quieres ser.
Las semicorcheas no son solo velocidad.
Son estilo, dirección, compromiso.
Son la música avanzando.
Y cuando encuentran su sitio,
no corren:
bailan.
Lo difícil no es correr.
Lo difícil es saber en qué momento
merece la pena pisar el pedal a fondo.
Sí, tiene magia.
Pero es magia de uso puntual:
si la activas todo el rato,
te vacía la batería mental.
Porque sin pausa, la música se vuelve ruido.
Y sin descanso, la vida se vuelve cansancio.
La semicorchea no es enemiga.
Es una señal
de que hay que correr, sí,
pero solo cuando el corazón
(y no la agenda)
lo decide.
