Rubato
Cada día hay una forma correcta de hacer las cosas,
que, además, casi nunca es la tuya.
Hay horarios, ritmos asumidos.
Pequeñas reglas no escritas,
signos de repetición que ordenan,
formas de responder,
digitaciones que estudiar,
maneras de estar, y de llegar,
indicaciones de hasta dónde implicarse
(algo especialmente difícil para mí,
la reina de no saber hacer las cosas a medias).
Hablamos de una coreografía discreta
que se supone que ya sabes bailar.
Los pasos funcionan, te mueves sin pensar demasiado…
hasta que dejas de hacerlo.
No porque algo se tuerza o haya prisa,
sino porque seguir el pulso aprendido
y sonreír a tempo,
no siempre es tan sencillo.
Y ya no sabes si vas demasiado rápido
o si es el mundo el que se mueve más lento
porque todo se vuelve norma,
pauta, exigencia.
Y eso que llamamos normalidad,
empieza a sonar demasiado forte.
Pero la música y la vida,
no siempre funcionan así.
Por eso está el rubato:
ese lugar incómodo para el metrónomo,
ese espacio donde el pulso no desaparece,
pero deja de mandar.
No es ir más lento.
No es ir más rápido.
Es moverse con intención.
No es un error.
No es caos.
Es decisión.
En música, el rubato permite que una frase respire
cuando el compás se le queda pequeño.
Que una nota dure lo que necesita
y no lo que estaba previsto.
Sin alardes. Con sentido.
No se trata de romper el compás,
sino de conocerlo tan bien
que sepas cuánto puede ceder
sin perder su forma.
Así de simple.
Así de difícil.
Liszt decía que el rubato de Chopin
era como mirar los árboles:
el viento agita las hojas,
pero el tronco permanece firme.
Y ahí está la clave: libertad, sí, pero con estructura.
Porque hasta la libertad necesita equilibrio.
Si te pasas, la música se ahoga.
Si fuerzas, la emoción se desborda.
En nuestro día a día
el rubato se cuela constantemente.
De hecho, las emociones rara vez respetan el ritmo.
Aceleran cuando aprietan los nervios,
frenan cuando pesa el miedo.
Aparecen antes de que las llames
y se van cuando aún las necesitas.
Porque no hay metrónomo que cuadre un corazón.
La impaciencia también tiene ritmo propio,
esa manía de ir medio compás por delante
porque la espera te desespera.
Ese deseo de resolver el acorde
antes de que llegue la cadencia.
Pero no todo va a 120 BPM.
No siempre llegas “a tiempo” a lo que importa.
Ni todo pasa cuando debería pasar.
Y no pasa nada.
Escuchar lo que sientes
es respetar tu propio ritmo,
aunque el resto se crea con derecho a marcarte el pulso.
Quizás vivir también es aceptar
que no todo se toca como está escrito.
Que la partitura es una guía
pero no una condena.
Que hay momentos que piden respirar más tiempo
y otros que necesitan resolverse
antes del compás previsto.
Yo me he dado cuenta de que no siempre sé cómo vivir así,
pero sigo intentándolo.
La vida no funciona de forma lógica.
Y menos mal.
Así que, cuando todo se desajuste,
cuando el pulso no encaje,
cuando parece que llegas tarde o antes de tiempo,
quédate.
Escucha.
Y sigue.
Porque seguir el pulso
no siempre es lo mismo que sentirlo.
La música, y la vida
también suceden justo ahí:
donde te permites
robarle tiempo al tiempo.

Preciosa reflexión. Como
músico siempre me ha gustado el rubato , tan difícil de realizarlo sin desvariar ni forzar el discurso musical (de la vida en la otra dimensión)cuando lo más sencillo es ceñirte a un pulso estable ,como ocurre con la música del clasicismo y su estabilidad rítmica . Ahora con tus palabras aún me atrae más! Enhorabuena !
Maravilloso...me encanta 😌❤️