Resonancia
Hay sonidos que no terminan
cuando dejan de sonar.
Se quedan un rato en el aire.
En la madera.
En el cuerpo.
Como si la música necesitara unos segundos más
antes de despedirse del todo.
A eso lo llamamos resonancia.
No es exactamente sonido.
Pero tampoco silencio.
Es lo que queda entre una cosa y la otra.
La vibración que sigue,
aunque la mano ya se haya levantado,
aunque el arco ya no roce la cuerda,
aunque nadie esté tocando nada.
El violonchelo, por ejemplo,
no es solo cuerda.
Es madera respirando.
Si no hubiera una caja
que recogiera esa vibración,
la ensanchara
y la sostuviera en el aire,
aquello sería otra cosa.
La cuerda inicia, sí,
pero la caja responde.
Y ahí aparece el sonido.
Por eso dos instrumentos pueden tocar la misma nota
y no decir lo mismo.
Y es que no todo depende de lo que se toca.
También importa dónde resuena.
Y ahí ya no hablamos solo de música.
Hay cosas que alguien dice
y deberían durar eso:
lo que tardan en decirse.
Un comentario torpe.
Una frase mal colocada.
Una crítica lanzada con más seguridad que criterio.
Una mirada que no cuadra.
Un juicio que no has pedido.
Una opinión que viene sin filtro.
Pero en lugar de eso,
se quedan.
Al menos algunas.
Las que encuentran dentro
una caja dispuesta a amplificarlas.
Una duda.
Una inseguridad.
Una comparación antigua.
Una herida con buena acústica.
Y de pronto algo mínimo
empieza a ocupar demasiado espacio.
Vuelve.
Se repite.
Y se instala en la cabeza
como si hubiera pagado alquiler.
Qué capacidad absurda tenemos
para dejarle habitación
a quien no debería pasar del recibidor.
Lo peor no es que el mundo opine.
Lo hace.
Mucho.
De cómo vives.
De cómo trabajas.
De cómo quieres.
De cómo callas.
De cómo tocas.
De si haces demasiado.
De si no llegas.
El problema es la facilidad
con la que algunas voces
encuentran eco dentro.
A veces empieza justo ahí.
En el instante exacto
en que algo de fuera
encuentra dentro una frecuencia parecida.
En música, algo así también ocurre:
la resonancia simpática.
Una cuerda puede vibrar
sin que nadie la toque,
solo porque otra ha sonado cerca
en una frecuencia afín.
Listo.
No hace falta contacto.
Solo coincidencia.
Y quizá por eso algunas cosas nos afectan tanto.
No porque sean verdad.
O importantes.
Ni porque la persona que las dijo
tenga una lucidez extraordinaria.
Sino porque han tocado
una cuerda que ya estaba tensa.
Ahí conviene parar.
No para darle la razón al otro.
No para desmontarte entero
por una frase mal puesta.
Sino para preguntarte
por qué eso ha resonado tanto.
Hay críticas que duelen por injustas.
Y otras se parecen demasiado
a algo que ya estaba dentro.
Ahí está la trampa.
Que empiezas a corregirte
delante de gente
que ni siquiera te estaba mirando tan de cerca.
A explicarte.
A justificarte.
A bajar el volumen.
Y así, sin darte cuenta,
acabas afinando tu vida
según oídos ajenos.
Agotador.
Por eso conviene revisar
qué voz es realmente tuya.
Cuál apareció un día
y ya no se fue.
Qué crítica sigue vibrando
aunque ya no haya nadie tocándola.
Qué miedo aprendió
a disfrazarse de prudencia.
Porque no todo lo que llega
merece quedarse resonando.
En música, una buena caja de resonancia
no responde igual a cualquier vibración.
Tiene límites.
Tiene forma.
Tiene historia.
Recoge.
Filtra.
Devuelve.
Hace crecer el sonido,
pero no deja que cualquier vibración
se vuelva importante.
Quizá nosotros también necesitamos eso.
Una caja interna
un poco más afinada.
No para que nada nos afecte.
Eso no sería fortaleza.
Sería anestesia.
Hay cosas que deben entrar.
Una palabra justa.
Una crítica honesta.
Una conversación que no halaga,
pero ordena.
Algo que te recuerda
qué música quieres dejar salir.
Una frase que llega tarde
y aun así te recoloca.
Las que vienen con verdad.
Las que no buscan aplastarte,
sino despertarte.
Las que incomodan,
pero no te hacen sentir pequeño.
Se trata de distinguir
qué merece entrar.
Qué merece quedarse.
Qué merece crecer dentro.
Y qué no.
Porque no puedes impedir
que el mundo suene.
Pero sí aprender a dejar que algunas cosas
se apaguen solas.
Y a distinguir, poco a poco,
qué merece seguir sonando
dentro de ti.

Tus "sin partitura" resuenan siempre en mi corazón ❤️