Escucha
Hace unas semanas, alguien muy especial para mí
me preguntó cómo se escucha.
No qué es escuchar.
Ni por qué es importante.
Cómo.
Desde entonces no he dejado de darle vueltas.
Y no sé si tengo la respuesta
pero sí creo saber dónde empieza.
Empieza cuando dejas de oír.
Porque oír es automático.
Oímos todo el tiempo.
Pero escuchar es otra historia.
Exige algo más de ti.
Tiempo.
Atención.
Una especie de renuncia.
Dejar de estar solo en lo tuyo
para hacer sitio a algo que viene de fuera.
O de dentro.
Y eso, dicho así, parece poca cosa.
Hasta que intentas hacerlo.
En música se ve claro.
O la escuchas
o no pasa nada.
Puedes reconocer la tonalidad.
Saber dónde modula.
Cazar el motivo.
Poner cara de que estás dentro.
Y quedarte fuera.
Porque una cosa es saber qué ocurre
y otra dejar que ocurra en ti.
Entonces un acorde que no resuelve te deja esperando.
Un silencio empieza a decir algo.
Y una nota pequeña
trae una maldición entera.
Como ese Do de Rigoletto.
Vuelve.
Insiste.
Persigue.
A veces es la tonalidad.
Re menor oscurece el aire.
Ahí navega El holandés errante, condenado a no descansar.
Ahí avanza la marcha fúnebre de la Primera de Mahler.
Ahí viven Don Giovanni y el Réquiem de Mozart.
A veces es el ritmo.
En Macbeth, a las brujas no necesitas verlas.
Las reconoces en esos tresillos que vienen hacia ti
como algo que no piensa irse.
Debajo de una nota puede haber miedo.
Debajo de un silencio, coraje.
Debajo de una melodía luminosa,
una forma muy educada de romperse.
La música sabe decir cosas
antes de que nosotros sepamos nombrarlas.
Fuera de la música no cambia tanto.
Hay palabras que parecen tranquilas y vienen heridas.
Sonrisas afinadas con tristeza dentro.
Personas diciendo “estoy bien” en tonalidad menor.
El problema es que muchas veces
llegamos demasiado llenos.
De prisa.
De ego.
De diagnóstico.
De consejos preparados.
De frases que tranquilizan más al que las dice
que al que las recibe.
Y entonces no queda sitio.
Ni para el otro.
Ni para lo que trae.
Ni para lo que aún no sabe decir.
Porque escuchar exige algo muy poco habitual:
que lo que tienes delante sea, en ese momento,
lo más importante.
Puedes estar en una habitación y no estar disponible.
Mirar a los ojos y estar lejos.
Asentir sin haber dejado entrar ni una sola palabra.
Decir “te escucho” cuando por dentro ya te has ido.
Lo hacemos todos.
Yo también.
Más de lo que nos gustaría admitir.
Vivimos así.
Con el móvil cerca.
La cabeza abierta en veinte pestañas.
El cuerpo en un sitio y la atención haciendo recados en otro.
En casas donde todos oyen mucho y se escuchan poco.
Y puede que lo más difícil
no sea escuchar la música.
Ni siquiera escuchar a los demás.
Quizás lo difícil de verdad sea escucharse.
Porque ahí ya no hay nadie a quien impresionar.
El sí que dijiste cuando querías decir no.
Un cansancio que dormir no arregla.
La diferencia entre seguir y empeñarte.
Entre exigirte y castigarte.
Entre vivir algo y aguantarlo.
Todo eso también habla.
En música, cuando alguien no escucha, se nota.
Entra tarde.
Tapa al otro.
Corre donde había que esperar.
Confunde tocar mucho con decir algo.
En la vida también.
Está la gente que responde rápido, pero no entiende.
Que aconseja mucho y acompaña poco.
Que oye palabras y se pierde lo importante.
Y luego están los que llegan a una conversación
como entra un buen músico dentro del grupo.
Sin invadir.
Sin borrarse.
Sin esa necesidad tan humana
de convertirlo todo
en una entrada propia.
Así que no sé si tengo la respuesta.
Pero quizá se escuche así:
llegando un poco más despacio.
Dejando de preparar la defensa.
Haciendo sitio sin desaparecer.
Atendiendo no solo a lo que suena,
sino a lo que intenta decirse por debajo.
Y practicando, porque no se aprende
en un momento inspirado.
Se vuelve.
Se falla.
Se llega tarde.
Se prueba otra vez.
Hasta que un día sin darte cuenta,
ya no escuchas igual.
No porque el mundo suene distinto.
Sino porque aprendes a quedarte
donde antes pasabas de largo.
Coda
Ahora mismo estoy escuchando dos voces pequeñas llenas de mundo a mi lado y pienso en la primera voz que escuché.
La de mi madre.
Supongo que también se aprende a escuchar
por cómo nos escucharon primero.
Feliz Día de la Madre.
_
Para M., que hace que sueñe con elefantes cada domingo
y me enseña a mirar distinto. Mejor.

Me encanta cómo enlazas los sentimientos, los sentidos, la vida misma con la música y viceversa.
Me ha gustado mucho el texto de hoy. Sí nos paramos a pensar, todos creemos que sabemos escuchar y, sin embargo, tenemos que mejorar mucho. Vamos con prisa y como bien dices, no nos escuchamos bien ni a nosotros mismos.
Bonita reflexión 🫂 gracias 😉❤️
Totalmente impresionada con el "sin partitura de hoy".
Preciosa la coda dedicada a nuestra mamá. Feliz día de la madre!