Crescendo
No todo tiene que explotar.
No todo tiene que llegar haciendo ruido.
Hay cosas que crecen despacio.
Aunque nosotros nos empeñemos en pensar
que crecer debería sentirse como un logro.
Una meta cruzada.
Una medalla colgada al cuello.
Un diploma enmarcado.
Porque casi todo lo que de verdad crece
empieza bajito
y va ganando intensidad
hasta que un día, sin previo aviso,
sorprende con toda su fuerza.
Así funciona el crescendo.
A veces se contiene.
Otras, se desborda.
Pero siempre se construye.
No irrumpe de golpe.
Se levanta nota a nota,
sumando matices,
sosteniendo el aliento,
preparando algo que solo tiene sentido
cuando llega su momento.
En el Bolero, Ravel lo entendió mejor que nadie:
una misma melodía que insiste,
que crece poco a poco hasta llenarlo todo.
Sin prisas.
Solo constancia, ritmo
y fe en lo que avanza despacio.
Así es también fuera de la música.
La confianza se gana con el tiempo.
La paciencia se entrena en días malos.
La madurez se construye después de tropezar.
El amor propio es casi imperceptible
hasta que un día se convierte en voz firme.
El esfuerzo diario
solo se entiende cuando miras atrás.
La serenidad llega
cuando dejas de tener razón
para empezar a tener paz.
Siempre estamos creciendo,
aunque no siempre lo notemos.
En decisiones mínimas.
En intentos torpes
que lo cambian todo.
Cada duda suma.
Cada caída ajusta.
Cada intento
escribe una nota más.
Cada compás te lleva un poco más lejos
de quien eras.
Yo tengo un crescendo entre los crescendos.
Uno que no necesita metáforas.
Uno que explica por qué digo, tan convencida,
que soy una chica con suerte.
El suyo.
Dos.
Suena a carreras por el pasillo
cuando llego a casa.
A interrupciones constantes.
A risas que llegan fuera de tiempo.
A comidas que se enfrían.
A una guerra diaria
por ver quién se sienta a mi lado primero.
Suena a dibujos doblados en cuatro
que dicen “te quiero” con letras torcidas.
Y ahí entiendes
que lo que parecía pequeño
era lo que lo estaba llenando todo de música.
No por cómo suena fuera,
sino por lo que construye por dentro.
Y lo más increíble es que sigue.
Cada día un poco más alto.
Cada día un poco más profundo.
A veces siento que va demasiado rápido.
Frenaría la música.
Sostendría ciertas notas.
Alargaría algunos compases
antes de que cambien.
Pero sé que el crescendo no está hecho para quedarse quieto,
sino para avanzar.
Porque no es solo un aumento de volumen.
Es la huella del tiempo.
De la constancia.
De no saltarse etapas.
Quizá por eso emociona tanto cuando llega.
Entiendes que cada compás previo
valió la pena.
Porque el crescendo no es un destino.
Es la forma más honesta de estar vivo.

Bello, querida. 💜
Lo has vuelto a hacer.
Me han saltado las lágrimas.
Ojalá el crescendo vaya despacito y lo podamos saborear.
Enhorabuena!