Contrapunto
A veces no estamos de acuerdo
pero, aun así, seguimos hablando,
aunque no tengamos claro qué decir.
Aprendemos a esperar,
sin empujar.
A ceder,
sin desaparecer.
A no interrumpir,
cuando es la otra voz
la que todavía busca cómo salir.
Conviviendo.
En música, a eso lo llamamos contrapunto.
Es el arte de hacer que dos o más voces distintas
suenen al mismo tiempo
sin dejar de ser ellas mismas.
Pueden rozarse, alejarse, encontrarse de nuevo.
A veces discutir.
Otras, entenderse sin decir palabras
y bailar.
Pero siempre hay algo invisible que las mantiene unidas,
incluso cuando parecen no escucharse.
Hay contrapuntos que se imitan,
como si una voz quisiera ser el reflejo de la otra.
Otros intercambian papeles,
desordenan el guion y siguen adelante.
Y también están los que van por libre,
los que se saltan las reglas
y, pese a todo, terminan encajando.
Al final, las melodías se buscan, se rozan, se superponen
y juntas crean algo que ninguna podría construir sola.
Wagner lo llamaba
la matemática del sentimiento,
el ritmo mecánico de una armonía egoísta.
Puede sonar contradictorio.
Pero quizá no lo sea tanto.
El contrapunto exige cálculo, precisión,
un orden casi obsesivo.
Y, sin embargo, si escuchas con calma,
detrás de cada nota que se cruza con otra
hay una historia de convivencia.
De respeto.
Y de equilibrio.
Bach lo bordaba.
Podía escribir fugas con la exactitud de un reloj
y, aun así, lograr que sonaran como si respiraran.
Como si la razón y la emoción
dejaran de competir y caminaran juntas.
Porque la emoción sin forma se pierde.
Y la forma sin emoción, no dice nada.
Si lo piensas, vivimos en contrapunto todo el tiempo.
Ahí está nuestra razón,
cantando una melodía clara, ordenada, segura.
Y el corazón respondiéndole con otra:
caótica, intensa, impredecible.
No quieren anularse.
No buscan imponerse.
Solo coexistir.
Y eso, no siempre es fácil.
Porque el corazón quiere soñar
y la cabeza convertirlo en algo
que se pueda pisar.
Y ese diálogo
no siempre es elegante.
A veces es tenso.
A veces torpe.
Pero otras, sorprendentemente dulce.
No es algo que se resuelva.
Es algo que se practica.
Como en un baile,
cada una tiene su papel:
La razón prepara el suelo.
El corazón se mueve encima.
Una cuenta.
El otro se equivoca.
No se turnan como deberían.
No se entienden siempre.
Pero siguen juntos.
Porque no se trata de elegir una voz
y silenciar la otra.
Eso nunca funciona.
La que callas
acaba gritando más tarde.
Vivimos así constantemente.
Una parte de nosotros avanza,
y otra duda.
Decimos que sí,
y algo dentro pregunta si era no.
Damos un paso,
y otra voz tira suavemente del freno.
El contrapunto no busca vencedores.
Busca convivencia.
No exige que las voces sean iguales,
solo que sean reales.
Que se sostengan.
Que se escuchen
sin miedo a perderse.
A veces con torpeza.
A veces con ruido.
Pero sin soltarse.
Y cuando dos voces distintas
logran sonar juntas
sin dejar de ser lo que son,
no solo hay música.
Hay comprensión.
En la vida, como en la música,
no gana la voz más fuerte
ni la más perfecta.
Gana la que sabe escuchar.

Me encanta...y ese final tan cierto, sencillo y sabio..."En la vida, como en la música,
no gana la voz más fuerte
ni la más perfecta.
Gana la que sabe escuchar."
Muchas gracias
Absolutamente maravilloso! Es increíble la simbiosis que consigues hacer entre la música y la realidad. Me encanta!