Cadencia
Cada vez me doy más cuenta
de que no todas las cosas
se resuelven igual.
Algunas avanzan cuando las empujas.
Otras, cuando las dejas reposar.
Algunas necesitan una decisión.
Otras, tiempo.
Algunas piden un final.
Otras, simplemente,
dejan de ser lo que eran
para convertirse en algo distinto.
Parece una idea sencilla.
Pero a veces se me olvida.
Termino insistiendo.
Como si todo dependiera
de un esfuerzo más.
De una corrección más.
De un intento más.
Y no siempre funciona.
Hay tensiones
que no están pidiendo fuerza.
Solo que las escuchemos de verdad.
La cadencia sabe mucho de eso.
Una cadencia no es exactamente un final.
Es la manera en la que la música llega hasta él.
Después de avanzar,
insistir,
desviarse,
tensarse,
la frase encuentra
un acorde donde caer.
Y cuando ocurre, se nota.
No porque pase algo espectacular.
Al contrario.
La tensión baja.
El oído descansa.
Y por un instante, todo parece estar exactamente
donde tenía que estar.
Ojalá en la vida fuera tan natural.
Vivimos en dominante.
En ese punto que pide resolver
y que, sin embargo,
seguimos sosteniendo.
Como si descansar fuera rendirse.
Como si cerrar algo fuera perderlo.
Pero la música no funciona así.
Entiende que no todas las tensiones
piden lo mismo.
Resolver no es borrar lo vivido.
Es darle un lugar.
La música conoce distintas formas de llegar al final.
Hay cadencias que aparecen
con una claridad casi inevitable.
Todo conduce hacia ahí.
El oído lo esperaba.
La frase descansa.
Otras son más discretas.
No entran cerrando la puerta.
La música simplemente se asienta.
No hay una llegada rotunda.
Solo notas que ya no están luchando.
A veces basta con dejar de pelear.
Hay cadencias que se quedan suspendidas.
Parecen descansar,
pero dejan una ventana abierta.
No por indecisión.
No por cobardía.
Sino porque todavía queda algo por decir.
Hay etapas así.
Conversaciones así.
Preguntas que solo empiezan a aclararse
cuando dejamos de exigirles
una respuesta inmediata.
Y luego están las que parecen haber decidido el final.
Hasta que cambian de idea.
La llamada cadencia rota.
La música te prepara para un final.
Tú ya lo estás esperando.
El oído ya ha decidido qué va a ocurrir.
Pero justo entonces,
algo cambia.
De pronto,
la música te obliga a abandonar
la idea que habías construido.
La vida hace eso todo el tiempo.
Creías que aquello iba hacia un sitio
y fue hacia otro.
Creías que esa persona se quedaba.
Creías que ese fracaso cerraba una puerta.
Que ya habías entendido algo.
Y no.
La música no engaña para confundirte.
A veces desvía el camino
para recordarte
que una expectativa
no es lo mismo que un destino.
Pensamos que la resolución es siempre la meta.
Que todo tiene que encajar.
Que toda tensión merece respuesta.
Pero cada vez sospecho más que no.
Hay preguntas que no empeoran
por permanecer abiertas.
Vínculos que encuentran su forma
sin necesidad de definirse.
Etapas que no terminan de golpe:
simplemente dejan de ocupar
el mismo lugar en nuestra vida.
La música no intenta resolverlo todo.
Escucha.
Y después decide.
Porque una frase no termina
cuando se acaban las notas.
Termina cuando la tensión
encuentra dónde descansar.
Quizá con nosotros ocurra lo mismo.
No cuando todo queda explicado.
Ni cuando desaparecen las dudas.
Ni siquiera cuando logramos cerrar
cada cabo suelto.
Sino cuando dejamos de exigir
la misma respuesta
a todas las tensiones de nuestra vida.
La manera
en que termina una frase
también condiciona
cómo empieza la siguiente.
Coda
Sin Partitura también necesita su cadencia.
Así que bajo la tapa del piano hasta después del verano.
Hay música que todavía no sabe exactamente qué quiere ser.
Partituras que aún están llenas de tachones.
Preguntas interesantes.
Artículos que escribir.
Y unas cuantas cosas bonitas pidiendo tiempo.
Tiempo de verdad.
Septiembre llegará bastante rápido.
Siempre lo hace.
Algunas historias también necesitan confiar en la promesa del último acorde.
